domingo, agosto 31, 2014

EL CAMPO: DES-HECHOS (4)

Es necesario, en la definición de una estrategia de desarrollo para el campo mexicano, desechar la idea que el ejido y comunidad deben desaparecer, porque se considera a ambas instituciones agrarias anacrónicas y pre-modernas.
En  mi artículo mas reciente http://gustavogordillo.blogspot.mx/2014/08/el-campo-contra-hechos-3.html señalé que las últimas dos décadas ocurrió –en términos de superficie, núcleos y sujetos agrarios– una expansión moderada y constante de la propiedad ejidal y comunal. Al comparar los resultados de los censos ejidales 1991 y 2007, se observan un mayor número de ejidatarios y comuneros (20%), un incremento moderado del número de núcleos agrarios (5%) y una expansión leve de la extensión territorial bajo régimen ejidal o comunal  (3%).
Los datos demuestran una vez más que las sociedades agrarias son persistentes, resilientes y adaptables.
Los intentos para despojar a las sociedades agrarias con el argumento de la modernización ha enfrentado dos barreras infranqueables.
La primera es la propia naturaleza de los mercados de tierras. En ninguna parte, en ninguna época existe un mercado unificado nacional de tierras. Lo que existen son mercados regionales y locales de tierras. Estas instituciones son además, el ejemplo más acabado de las imperfecciones de los mercados: fragmentados y con profundas asimetrías de información. Para corregir las imperfecciones de los mercados se requiere de intervenciones públicas. Implican leyes o decretos. Pero en todo cuerpo legal la clave son los instrumentos que garantizan el acatamiento de las leyes. Si esos instrumentos no existen, las leyes no se cumplen. En general el despojo de las sociedades agrarias ha sido el producto de intervenciones de los aparatos represivos del estado sea buscando implantar latifundios privados como en el México porfirista o en Chile con Pinochet , sea impulsando colectivizaciones forzosas como en la Unión Soviética de Stalin o China de Mao-tse-tung.
Pero también las sociedades agrarias reaccionan ante los intentos de despojos con un enorme reserva de flexibilidad y adaptación al nuevo contexto. Aquí se encuentra la segunda barrera que es la resistencia multiforme de las sociedades agrarias. Existen dos respuestas básicas: la adaptación usando los instrumentos legales disponibles y la impugnación a partir de movilizaciones que buscan y generalmente logran modificar la correlación de fuerzas.
Es importante subrayar como en el programa de certificación de derechos agrarios se incorporaron más del 95% del total de los sujetos agrarios –ejidos y comunidades. Esto enmarcó un serie extraordinariamente amplia y diversa de tratos agrarios que implicaron diversas formas de adaptación al marco legal vigente.
Pero también se han expresando en movilizaciones sociales masivas que casi puntualmente ocurren cada 40 años -1921-1940; 1970-1985.
Las sociedades agrarias mexicanas están vivas pero dañadas económica y socialmente y acosadas por empresas mineras y megaproyectos. Sus fuentes de ingreso se han modificado drásticamente. El ingreso no salarial asociado a producción agrícola se ha reducido. El salario por actividades no agrícolas es la principal fuente de ingreso para todos excepto los más pobres que dependen las transferencias públicas. Para muchas familias las remesas se han constituido en fuente decisiva de su ingreso.
No son vestigios del pasado sino testimonios lacerantes de un presente injusto que las margina. Pero podrían ser faros de un futuro de prosperidad inclusiva.

Hay dos caminos: el que se ha intentado implantar con recurrencia que es desposeerlas de sus recursos o el que se podría transitar desde ahora reconociendo su potencial productivo, su base cultural, sus redes sociales de cooperación y solidaridad; y desde  esa plataforma impulsar el rescate del campo mexicano. De esta vertiente hablaré en el siguiente y último artículo de esta serie.

sábado, agosto 16, 2014

EL CAMPO: CONTRA-HECHOS (3)

ESTE ARTICULO SALIO PUBLICADO EN LA JORNADA DEL 16 DE AGOSTO DE 2014

En los noventas se presagiaba que los ejidos tenderían a desaparecer.

En las últimas dos décadas ocurrió –en términos de superficie, núcleos y sujetos agrarios– una expansión moderada y constante de la propiedad ejidal y comunal. Al comparar los resultados de los censos ejidales 1991 y 2007, se observan un mayor número de ejidatarios y comuneros (20%), un incremento moderado del número de núcleos agrarios (5%) y una expansión leve de la extensión territorial bajo régimen ejidal o comunal  (3%).

En 2013, el ejecutivo federal estimó que existen 31,893 núcleos agrarios –29,533 ejidos y 2,360 comunidades–, 1910 más de los registrados en 1991 (DOF,16/12/2013 y INEGI, 1991) cuyo crecimiento tuvo un auge importante  entre 2001 y 2007 con 1,209 nuevos ejidos y comunidades.

La Ley Agraria reconoce cuatro categorías legales de sujetos agrarios: ejidatarios, comuneros, avecindados y posesionarios. Entre 1991 y 2007, 2.13 millón de individuos fueron reconocidos por las autoridades ejidales y comunales como integrantes del sistema ejidal. El mayor número de sujetos agrarios se registró en Oaxaca (790 mil), Estado de México (563 mil) y Chiapas (501 mil).

La Ley Agraria contempla tres tipos de áreas en el ejido – uso común (65 por ciento), parcelas (32 por ciento) y solares urbanos (3 por ciento)– de las cuales se acredita el dominio o acceso por medio de certificados distintos. Los datos nacionales agregados indican que, entre 1991 y 2007, se dio un incremento total de 5.83 millones de hectáreas de la superficie parcelada y de 2.59 millones de áreas de uso común.

La posibilidad de adoptar el dominio pleno, establecida en la reforma constitucional de 1991, no desencadenó una privatización masiva de tierras ejidales. Según el censo 2007 el 4.5 por ciento de la superficie ejidal y comunal adquirió esta categoría, aproximadamente 4.66 millones de hectáreas. Incluso, para diciembre de 2013, los registros del RAN indican una proporción menor: el 3 por ciento, que equivale a 2.86 millones de hectáreas. Esta tendencia se asocia a zonas periféricas de expansión urbana y actividades turísticas. Pero la adopción del dominio pleno no desemboca necesariamente en la compra-venta de tierras ejidales. En escala nacional, entre 1997 y 2007, las tierras en dominio pleno superan –por más de 1.56 millones de hectáreas– la superficie reportada como vendida.

Según el censo 2007, 20,989 núcleos agrarios –es decir el 66.6 por ciento– reconocen operaciones de compra-venta de tierras ejidales: 73.2 por ciento en donde los ejidatarios mismos se compran entre si, 11.1 por ciento a avecindados o posesionarios y 28.5 por ciento a personas ajenas al ejido. Pero cuando observamos este fenómeno en términos de superficies, entre 1997 y 2007, sólo el 2.9 por ciento de las tierras de ejidos y comunidades participaron en el mercado de tierras.

En México existen aproximadamente cinco millones de campesinos, conformados por 3.8 millones de ejidatarios, 600 mil comuneros y 1.6 millones de propietarios privados.  Sus fuentes de ingreso se han modificado drásticamente. El ingreso no salarial asociado a producción agrícola se ha reducido y el ingreso total por unidad de producción disminuyó también. El salario por actividades no agrícolas es la principal fuente de ingreso para todos con excepción del más pobre, y para éste, la principal fuente de ingreso son las transferencias públicas. Para muchas familias las remesas se han constituido en fuente decisiva de su ingreso.

La persistencia de la propiedad campesina en pequeña escala acompañada de una conversión de los productores rurales en trabajadores informales precarios es el principal reto a resolver hoy con intervenciones públicas. 

Estos datos forman parte de un texto que estoy elaborando con Santiago Ruy Sánchez del Colegio de México. Recomiendo además el texto de Hector Robles (FAO, 2011) sobre mercado de tierras.


sábado, agosto 02, 2014

EL CAMPO: RE-HECHOS (2)

Las principales transformaciones recientes en el campo pueden resumirse en cinco aspectos.
Resalta en el sector el crecimiento desigual de algunas ramas y productos enmedio de un estancamiento del conjunto. Las consecuencias de lo anterior se aprecian en términos de pobreza en donde para 2012 el 62% de la población rural se encuentra en distintos grados de pobreza .
La sociedad rural se ha transformado profundamente. Se ha envejecido y se ha feminizado como producto sobre todo de la migración. La agricultura ha dejado de ser fuente principal de ingresos para la mayoría de los hogares rurales, pero la producción de alimentos generada en la pequeña producción rural es clave para la seguridad alimentaria del país. En el campo sigue viviendo más de 20% de la población total y, dependiendo de la definición de población rural, podría alcanzar hasta un 30 por ciento del total nacional.
La sociedad rural es fundamental para el desarrollo del país más allá de las cifras sobre PIBA, por el conjunto de bienes ambientales, culturales y económicos que provee y podría proveer hacia el futuro a la sociedad nacional.
La sociedad rural es extraordinariamente compleja y diversa. Coexisten diversas lógicas productivas y sociales de las cuales rinden cuenta las diversas tipologías que se han elaborado para los productores agropecuarios. Precisamente reconociendo la enorme heterogeneidad rural en la mayor parte de los países en el mundo y en términos que convergen con las características detectadas entre los hogares rurales mexicanos, el reporte 2008 del Banco Mundial propone una tipología de familias rurales basada en cinco estrategias de que siguen en general los hogares rurales: participación activa en los mercados agrícolas (pequeños productores orientados a los mercados), hogares compuestos por productores de auto-subsistencia; hogares orientados al mercado de trabajo que dependen del salario agrícola o ingresos no agrícolas; hogares determinados por la migración y el envío de remesas; y finalmente hogares hogares diversificados que obtienen ingresos de la agricultura, de las actividades no-agrícolas asi como de las remesas. La importancia de cada una de estas estrategias es distinta dependiendo del peso del sector rural medido tanto en términos económicos como sociales y politicos.
Desde los años noventas se afirmaba que las políticas agropecuarias se habían basado en un modelo tecnológicamente ineficiente que había llevado a graves deterioro del capital natural: suelos, agua, vegetación primaria. La consecuencia de lo anterior es que se requieren de políticas diferenciadas con un fuerte anclaje en el desarrollo regional que permitan una transformación en la matriz tecnológica y en las condiciones de desigualdad y pobreza.
En resumen el campo mexicano exhibe demográficamente tres características: un envejecimiento de sus pobladores, un cierto grado de feminización en las actividades productivas rurales y fuertes propensiones a generar flujos migratorios dentro del país y hacia Estados Unidos.
Desde un punto de vista económico un alto porcentaje de las familias rurales tienden a obtener la mayor parte de sus ingresos de actividades rurales no-agrícolas, de salarios agrícolas o de transferencias públicas o privadas; dicho de otra manera funcionan como unidades económicas multiactivas.
Desde un punto de vista politico los mecanismos de gobernabilidad en el campo estaban asociados al funcionamiento de los ejidos y comunidades –a partir de sus autoridades y asambleas- como sostén de las localidades rurales y de los gobiernos municipales. Al debilitarse los mecanismos internos de los ejidos y comunidades, se afectan la cohesion social de las comunidades, la capacidad de gobernanza de los municipios y el manejo sustentable del capital natural.

Lo anterior es clave para definir políticas públicas para el campo.

sábado, julio 19, 2014

EL CAMPO MEXICANO: HECHOS (PRIMERO DE UNA SERIE DE CUATRO)

ESTE ARTICULO FUE PUBLICADO EN LA JORNADA EL 19 DE JULIO DE 2014
Al campo mexicano se le exigió entre 1940 y 1970 las tres contribuciones básicas de la agricultura al desarrollo: divisas, bienes salario baratos y mano de obra barata. Cumplió con creces siendo un sostén crucial para el crecimiento económico de México. A fines de los sesentas el campo entró en una crisis de reproducción de la economía campesina y poco después de la misma producción de alimentos. En los setentas se intenta enfrentar esa crisis a partir de un enfoque centrado en la expansión del intervencionismo estatal en el campo junto con el impulso a formas de asociación productiva entre los campesinos y entre éstos y los empresarios.
La crisis de la deuda y los  mismos procesos de globalización y apertura comercial llevan en los noventas a un enfoque cuyo énfasis mayor y casi único estuvo centrado en el papel de los mercados. Abandonada la idea de políticas de desarrollo sectorial, las intervenciones al campo en la primera década de este siglo han estado orientadas en administrar la pobreza.
Dado estos avatares parece legítimo preguntarse¿ qué tipo de campo queremos? A juzgar por las políticas realmente implementadas se quería  un campo que dejara de ser campo o dicho de otra forma un campo que en términos de producto interno bruto, de población económicamente activa y de población rural fuera marginal. Pero ello se requería una economía que creciera generando más empleos formales en los sectores secundarios y terciarios y que los mercados funcionaran mejor sin intervenciones del Estado. En el caso de  la alimentación que una parte sustancial de las necesidades internas se cubrieran con importaciones  de alimentos que se suponían continuarían siendo baratas.
Como sabemos esa visión fue contradicha por la realidad, ni el crecimiento ni el empleo formal estuvo a la par de las predicciones de quienes consideraban que el mejor campo era un campo sin campesinos.
Por ello hemos regresado aunque  más de manera más retórica a pregonar un campo que produzca de manera sustentable  alimentos suficientes en condiciones que genere empleo ingreso y progreso a los habitantes rurales.
Pienso que el gran problema se encuentra en la ausencia de conjunto articulado de políticas públicas alineadas con las características esenciales del campo mexicano.
Cuatro me parece que son los rasgos centrales del campo mexicano.
México no es un país predominantemente agrícola sino sobre todo un país de una enorme riqueza de recursos naturales. Nuestra frontera agrícola abarca entre 22 a 26 millones de hectáreas de las cuales no más del 20 % en tierras de riego y la inmensa mayoría tierra de temporal de calidad variable pero limitada. Frente a ello nuestros recursos forestales, biogenéticos y pesqueros nos hablan dramáticamente de un potencial productivo nunca asumido plenamente.
México es un país predominantemente de pequeña producción agrícola e industrial. Los modelos exitosos de pequeña producción se encuentran sobre todo en el sudeste asiático. El éxito se debe al alineamiento de las políticas públicas particularmente asistencia técnica y adiestramiento, investigación y desarrollo, crédito, infraestructura y subsidios, a la producción en pequeña escala rural en un lapso continuo de al menos diez años.
México tiene una enorme diversidad de sistemas productivos rurales basados no en la especialización sino en la multiactividad y multifuncionalidad. Se requieren políticas diferenciadas y ancladas en lo local y lo regional.

Los subsidios públicos han estado casi siempre capturados por los grandes grupos de productores y comercializadores. La desigualdad social y económica se convierte rápidamente en desigualdad en el acceso a los mecanismos de definición de políticas públicas y de orientación de recursos presupuestales. De suerte que la concentración de recursos y activos también lleva a la captura de espacios de decisión política y de canalización de recursos.

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Acerca de mí

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He sido dirigente del movimiento estudiantil de 1968, dirigente en el PMT, miembro fundador del Movimiento de Acción Política y del PSUM en los setentas. Miembro Fundador de la UNORCA. De abril a julio de 2006 fui el coordinador general de la campaña presidencial de Patricia Mercado. Como funcionario público he sido Subsecretario en la Secretaría de Agricultura, y Subsecretario en la Secretaría de la Reforma Agraria en México entre 1988 a 1994. En 1995 me desempeñé como Director de Desarrollo Rural de la FAO en Roma y desde 1997 hasta 2005 fungí como Representante Regional de la FAO para América Latina y el Caribe. Como escritor soy miembro Fundador de La Jornada y colaborador de la Revista Nexos. De 2006 a 2009 fui profesor visitante en el Taller de Teoria Política de la Universidad de Indiana en Bloomington, dirigido por los profesores Vincent y Elinor Ostrom. He concluido dos libros listos para buscar un editor sobre la transición política en México. También acabo de concluir hace unas semanas una novela intitulada "esa pasión devoradora".