sábado, diciembre 20, 2014

LA BANALIDAD DEL MAL: AYOTZINAPA,PRECUELAS Y SECUELAS

ESTOS ARTICULOS SALIERON PUBLICADOS EN LA JORNADA ENTRE OCTUBRE Y DICIEMBRE DE 2014.

Después de presenciar la inconmensurable ola de crímenes no resueltos, personas desaparecidas, jóvenes reprimidos, guerras entre criminales, y finalmente el acto de barbarie en Iguala, pienso en el célebre dicho del coronel Kurtz en Apocalpyse Now: "No creo que existan palabras para describir todo lo que significa, a aquellos que no saben qué es, el horror."

Pero lo que significa una década de estar presenciando este horror –algunos en silencio y otros afortunadamente, movilizándose y resistiendo con sus mejores armas cívicas- me ha recordado el texto de Hannah Arendt: Eichmann en Jerusalén. El subtítulo que generó la polémica lo tomo prestado para este artículo. Arendt ofreció un reportaje al New Yorker sobre el juicio al criminal Eichmann que se realizaría en Jerusalén después de su secuestro en Argentina. Del reportaje surgió el libro y en medio se desató un enorme debate promovido no sólo pero sí de manera significativa por muchos prominentes judíos de Nueva York. Algunas afirmaciones iniciales fueron corregidas y matizadas en el libro pero sus afirmaciones centrales permanecieron.

En este artículo me refiero particularmente a la afirmación que Eichmann culpable sin duda de crímenes que llevaron  al exterminio de millones de seres humanos – y en consecuencia en opinión de Arendt, merecedor del castigo mortal al que fue condenado-  no era un monstruo desequilibrado sino un burócrata mediocre celoso del cumplimiento de las órdenes de sus superiores y sobre todo de quien consideraba el origen de todas las órdenes legítimas, Hitler mismo. Hannah Arendt se refiere al vacío intelectual y moral de Eichmann, al hecho que su incapacidad de hablar de manera coherente durante el juicio estaba íntimamente conectada con su incapacidad para pensar desde la perspectiva de los demás. En su opinión personificaba mas que el odio o la locura algo peor: “la naturaleza sin rostro del mal nazi en sí mismo enmarcado en un sistema cerrado manejado por gangsters patológicos y guiado a desmantelar la personalidad humana de sus víctimas”. En una de sus grandes obras, Los orígenes del totalitarismo, argumenta en el marco de la noción kantiana del mal radical. Pero en su libro sobre Eichmann y en las polémicas que siguieron insistió que “sólo el bien es radical, el mal puede ser extremo pero no radical porque no tiene profundidad ni una dimensión demoníaca y sin embargo tiene la capacidad de expandirse como hongos sobre la faz de la tierra” Y sentencia que el mal proviene de una falla para pensar.

Eso es a lo que se refiere cuando habla de la banalidad del mal. No que el mal sea insignificante sino que al contrario porque aparece realizado por gente normal y mediocre y no sólo por gente desequilibrada, tiene efectos más devastadores. No se trata de exculpar a criminales sino entender la manera como el mal puede extenderse si no hay contrapesos sociales, resistencia y denuncia explícita. ( Me he basado en la versión de Penguin Books, 2006 y los entrecomillados son de la introducción de Amos Elon).

En estas horas trágicas para nuestro país no sugiero analogía alguna entre los regímenes surgidos de la transición y las alternancias con un régimen específico denominado fascista o nacionalsocialista. Lo que emergió en la transición electoral culminada en 1997 en México, fue un régimen político ensimismado en tres partidos principales en una democracia frágil y vulnerable, y un Estado no reformado y disfuncional a las nuevas circunstancias sociales y políticas del país.

En cambio es indispensable entender que la indiferencia ante tantos muertos, la idea que surgió en algunos círculos hace algunos años que mientras se mataran entre criminales no era una cosa grave, o que se trata de un lío entre los políticos porque los ciudadanos nos tenemos poder para hacer nada al respecto propicia, a partir de la impunidad, la expansión de un mal que corrompe a nuestra sociedad.

LA RECONSTRUCCIÓN DEL ESTADO

La manifestación del DF el miércoles 22 de octubre podrá ser vista en retrospectiva como el momento de quiebre con una situación que combina brutalidad criminal, des-gobierno, corrupción, impunidad y privilegios para unos cuantos.

En la manifestación de miércoles predominantemente estudiantil se encuentran las mejores tradiciones de las luchas sociales en el país. Planteamientos concisos y consensados, protesta enérgica y al mismo tiempo expresiones ordenadas, auto-organización y respeto a terceros. Ya antes el movimiento politécnico ha dado muestra inequívocas de una combatividad que honra la larga tradición de lucha del Poli, y de una clara comprensión del contexto en el que se insertan.

Las buenas noticias están empañada empero por la indignación y el dolor que nos provoca a todos, los brutales crímenes que se han cometido en Iguala, y en general en muchas regiones del país. La exigencia respecto a los 43 normales desaparecidos forzadamente, y al castigo a los culpables materiales e intelectuales del crimen pesa profundamente en el ánimo social.

Ciertamente la PGR ha presentado una relación de hechos basada en sus averiguaciones y en confesiones de inculpados que apuntan hacia un acuerdo macabro  que involucra grupos criminales, autoridades municipales, policías y presumiblemente políticos locales. También es evidente como en otros lugares del país la ausencia del Estado o para decirlo de manera más precisa su muy débil presencia. Por todo lo anterior que estos crímenes no queden sin un severo castigo es apenas un paso en una dirección inevitable: la reconstrucción del estado mexicano.

He planteado en estas páginas una interpretación de la transición democrática en México. Entre 1977 y 1997 se da gradualmente una transición desde las reglas electorales que abre la puerta a la alternancia en los poderes ejecutivos y legislativos. Genera también un sistema de tres partidos principales.  Más que actos fundadores la transición mexicana gradual en sus ritmos, fue sobre todo una mezcla de acoplamiento institucional y transformismo político. El eje autoritario de viejo régimen: presidencialismo más partido hegemónico más interacción entre reglas formales establecidas en la Constitución, y un amplio abanico de reglas informales y facultades meta-constitucionales; se fue paulatinamente debilitando sin ser sustituido por otro arreglo de gobernabilidad acorde con un contexto de mayor pluralidad y competencia electoral.
Lo que siguió a partir de 1997 ni siquiera fue continuidad bajo la conducción de otro partido, sino una consistente decadencia en donde el centro político se desmadeja, combinada con una emancipación desordenada tanto de las entidades federativas como de ámbitos de la sociedad, al tiempo que opera la colonización de franjas del aparato estatal o de territorio nacional por un sinnúmero de poderes fácticos incluyendo a las empresas mineras que ocuparon como ejércitos invasores vastos territorios, hasta bandas del crimen organizado. En síntesis un régimen político fuerte alrededor de tres partidos pero excluyente de muchos núcleos ciudadanos,  y un Estado débil, disfuncional y con presencia e intervenciones desiguales en el territorio nacional; administrando la decadencia.

Reconstruir al estado debe tener por propósito central recuperar el territorio nacional. Desde varios ángulos. El sistema de transparencia y rendición de cuentas para reducir corrupción, impunidad y sobre todo privilegios. La necesidad de avanzar en una auténtica reforma municipal pensando en éste como el primer eslabón de la fortaleza de un Estado reconstituido territorialmente. Una acción que tiene algo de simbólico pero mucho de visión estratégica sería un programa real auténtico, no retórico que termine cuarenta años o más de hostigamiento a las normales rurales y las fortalezca de suerte que se vuelvan la columna vertebral de una nueva sociedad rural.

AYOTZINAPA
El problema es  cuando la solución es el problema.
Se escucha con frecuencia la necesidad de convocar a un pacto nacional contra la violencia. El Presidente Enrique Peña Nieto ya anunció que en los próximos días convocará a los representantes de los tres poderes de la Unión, a las fuerzas políticas y a las organizaciones de la sociedad civil para asumir el compromiso de emprender cambios de fondo que fortalezcan a nuestras instituciones “para que unamos esfuerzos en favor del Estado de derecho, combatir la corrupción y cerrar el paso a la impunidad”.
El Consejo Coordinador Empresarial (CEE), el pasado 29 de octubre,  hizo un llamado para arribar a “un pacto que nos permita concretar los avances … en asuntos tan relevantes como la seguridad, el Estado de Derecho, la justicia, el combate a la corrupción e impunidad y la democracia”.

A veces los pactos han servido para mucho. Pienso en los pactos anti-inflacionarios de fines de los ochenta. Los  grandes pactos sociales durante las presidencias de Lázaro Cárdenas, de Avila Camacho y de Miguel Alemán uno para promover la justicia distributiva y otros para impulsar la industrialización del país; terminaron generando un estructura corporativa que permitió asentar una gobernabilidad autoritaria funcional durante varias décadas.

Pero a menudo los pactos no llevan a ninguna parte salvo a desgastar el nombre mismo. ¿Cuántas veces en la última década se han suscrito pactos por la seguridad pública? ¿Y con cuál resultado?

El horrendo crimen colectivo en Iguala sólo hace explícita la articulación, que se expande en muchas regiones del país entre crimen organizado y corrupción política.

Desde que se desarrollaron las reformas estructurales de los noventas las mentes más lúcidas subrayaron la necesidad de establecer secuencias en la aprobación e implantación de las reformas. Una mal secuencia podría afectar el conjunto de las reformas. La secuencia es crucial para un pacto que abarque la violencia, la corrupción, la impunidad, el estado de derecho.

Primero partamos de la realidad en la que nos encontramos para evitar saltos al vacío.  Hay 43 jóvenes desaparecidos y presuntos culpables, probablemente no todos y seguramente no en todas las instancias de gobierno involucradas. Si esto no se resuelve con razonable aceptación social, forzar un pacto, para muchos aparecerá como un mecanismo de desviación y no como una instancia de deliberación democrática para la grave crisis que aqueja al Estado mexicano.

Segundo es indispensable un buen diagnóstico del momento actual. Se trata de una crisis de un régimen político constituido por tres fuerzas principales pero excluyente de otras fuerzas ciudadanas, y un Estado disfuncional frente a una sociedad plural pero desarticulada, y débilmente implantado a lo largo del país. Todo esto en medio de una crisis de credibilidad hacia casi todas las instituciones por parte de segmentos importantes de la sociedad.

Tercero, la crisis es institucional y territorial. Todo aparece como que el poder central se desmadejó dejando constelaciones y archipiélagos colonizados por diferentes poderes fácticos entre ellos desde luego las bandas del crimen organizado, pero no sólo. Se requiere entre otras cosas una amplia y profunda reforma municipal que construya con los habitantes de los municipios y sus localidades nuevas formas de ejercicio de poder.
Cuarto, ningún discurso, ninguna legislación es suficiente para generar la confianza que se necesita en materia de transparencia, rendición de cuentas y combate a la impunidad, sin castigos a responsables de acciones criminales en los altos niveles de la jerarquía. No se trata de actos ejemplares como los que ocurrían en el pasado, sino de una auténtica limpieza, minuciosa y estrictamente apegada a reglas claras. Tuve la tentación de sugerir ver la película Z de Costa Gavras. Pero el final invita a la reflexión sobre las virtudes del gradualismo.

EL DERECHO A UN FUTURO NO PRONOSTICADO

El derecho a la indignación pacífica se expresó el jueves 20 de noviembre nuevamente, a pesar de un pequeño grupo de provocadores. No veo que la movilización social decrezca en el horizonte más inmediato y más bien los próximos diez días serán cruciales. Para avanzar en un solución que articule justicia y paz, movilización como medio de producción de instituciones; es indispensable desagregar la complejidad de los problemas involucrados.

Como se ha insistido es imposible avanzar en otros ámbitos sin una convincente y comprobada narrativa sobre los 43 normalistas desaparecidos. Junto a lo cual el castigo penal y político a todos involucrados en los diversos crímenes, requiere ser expedito e irrefutable.

Para resolver el centro visible de esta profunda crisis es necesario recorrer el itinerario que desemboca en el momento actual. Las reformas estructurales de los noventas  necesitaban de dictaduras militares o de gobiernos autoritarios para llevarse a cabo. 20 años después en regímenes democráticos, la construcción de consensos exige un enorme esfuerzo de negociación política y  una profunda y deliberada reconstrucción institucional. Las reformas estructurales de 2013 se impulsaron en el ámbito de una democracia caracterizada por su debilidad institucional. Otras prácticas operativas no formalizadas pero  con fuerte incidencia –especialmente el clientelismo, patrimonialismo y en efecto, la corrupción- llenan los vacíos no ocupados por las instituciones formales, junto a diversos patrones altamente desagregados de acceso directo al diseño de políticas públicas. La democracia delegativa (O’Donnell) supone una ciudadanía relativamente pasiva cuyo mayor acto político es concurrir regularmente a las urnas.

Pero en la sociedad mexicana proliferan junto a manchas de intolerancia y delincuencia, nodos de activismo cívico. Faltan espacios vinculantes más permanentes, pero ahí está la energía. En esos ámbitos se libra la reconstrucción de un estado democrático de la sociedad. Se trata de una forma de activismo ciudadano que combina movilizaciones, expresiones urbanas de protesta, negociaciones y propuestas programáticas. Sus narrativas están insertas de manera notable en el amplio espectro de los derechos humanos perfilando así una democracia liberal que intenta responder a cómo gobernar el pluralismo.

Me parece que la disputa política hoy se define entre quienes asumen la democracia como un compromiso con el pluralismo sustentado en el respeto y la ampliación de los derechos fundamentales, y quienes con argumentos relacionados con la gobernabilidad buscan reducir la democracia a su ámbito procedimental.

El economista heterodoxo, Albert Hirschman utilizando en un ensayo la figura del “posibilista” convocaba a la experimentación, y a confrontar la realidad contra las panaceas, que siempre erijen barreras para entender bien y para actuar mejor. Jeremy Adelman autor de una gran biografía intelectual de Hirschman (2013) dice que la “brújula ética del posibilista era un concepto de libertad definida por Hirschman como “el derecho a un futuro no pronosticado”. El derecho a un futuro no pronosticado es en realidad un ejercicio de reformismo adaptativo.

En esta perspectiva, creo yo, el Instituto de Estudios para la Transición Democrática (IETD) elaboró un documento que suscribimos muchos colegas  intitulado Las ruinas del futuro (http://www.ietd.org.mx/mexico-las-ruinas-del-futuro/) cuya lectura sugiero. Entre otras reflexiones se propone siete temas para el acuerdo político y social, entre los cuales la prioridad a los derechos humanos, la reforma de las instituciones de justicia y la reconstrucción del ámbito municipal, el tema de la pobreza y la desigualdad y el rescate e impulso de las normales y las normales rurales; el combate a la corrupción y la discusión sobre cómo enfrentar la evidente crisis de representatividad.

LOS 43: ¿HAY DESPUÉS?
La tensión central. El momento actual expresa a una sociedad agraviada. Por un lado, desde hace varios años las movilizaciones, las protestas y los análisis de expertos subrayan una falencia central en la convivencia nacional: los abusos de la autoridad contra la ciudadanía bajo diversas formas que llegan incluso a asesinatos de inocentes y desapariciones forzosas.  Gabriel Zaid  resumió esto con una frase luminosa: “la razón como arbitrariedad que no escucha razones”. Por otro lado, en muchas mantas en las manifestaciones, en exigencias sociales de grupos organizados o gremiales, en peticiones de comunidades y en solicitudes de agrupamientos ciudadanos se expresa otra reclamo central: el abandono del estado de sus funciones en materia de seguridad humana, es decir seguridad pública y protección social.

El Estado de la sociedad. Desde un perspectiva democrática, ambas demandas convergen en la necesidad de una reconstrucción del Estado y más específicamente, de un Estado que esté imbricado en la sociedad, es decir donde ésta asume la autoridad y legitimidad del Estado porque está construyéndolo, supervisándolo, vigilándolo y con capacidad de exigir rectificaciones que son indispensables en toda empresa humana.

No cantar victorias anticipadas. No hay nada peor que juzgar una estrategia que requiere actos repetitivos como un triunfo irreversible cuando se tienen  éxitos tempranos. Ya pasó antes y ahora vuelve a ocurrir. No hay nada irreversible cuando se promulgan transformaciones que afectan intereses. Las reformas no son actos fundadores sino procesos de deliberación y acuerdos. Por ello se necesitan desagregar para establecer con nitidez los propósitos y construir coaliciones en cada etapa .

Una transición post-autoritaria y pre-democrática. Este régimen tiene formas democráticas mezcladas con tics autoritarios. Pregona pluralismo poco antes de intentar un descontón. Profundiza las prácticas patrimonialistas, se injerta en un Estado desarticulado y una sociedad segmentada y pulverizada. Ese régimen tampoco sabe tratar con movimientos de protesta: o reacciona como gallina sin cabeza aleteando por todo lados, o se expresa en clave histérica.

Recuperar el territorio. Para el momento actual dos caminos se requieren recorrer a partir de acuerdos y una consigna central. Es necesario cambiar lo que se hace –lo que hacen el Estado, el gobierno, los grupos de interés, los ciudadanos-, mas que cambiar lo que se dice –el proceso de las reformas legislativas. Un camino afirma la importancia estratégica de la institución municipal porque entiende que el Estado ha perdido en primer lugar en el ámbito territorial. Recuperar el territorio requiere un esfuerzo en tres dimensiones: fortalecimiento de las atribuciones municipales, cobertura nacional en materia de protección social y política de seguridad pública con la sociedad en el centro y no con la sociedad como enemigo.

El segundo camino es recuperar la confianza. No ha sido ciertamente un evento súbito sino un largo proceso de desgaste en donde la ciudadanía pasa alternativamente de la decepción, al importamadrismo a la rabia. En las elites se experimentan estados de ánimo que van del cinismo, al derrotismo a la arrogancia de la impunidad. Este ambiente de administración de la decadencia sólo puede romperse mediante una iniciativa a la vez heroica y audaz. Partir de una comisión nacional y comisiones en todos los estados del país con un propósito central: recuperar a las víctimas de la guerra contra el crimen organizado. Recuperar en sentido profundo reconociendo el tamaño de las tragedias concretas. Su tarea inicial tendría que estar orientada a encontrar a los 43 normalistas desaparecidos y a la recuperación moral y física de sus familias y de  las comunidades más directamente afectadas en el estado de Guerrero.
Sin esto, dígase lo que se diga, difícilmente habrá después.

RECUPERAR CONFIANZA, INICIATIVA, TERRITORIO
En la coyuntura actual en México deberíamos desechar dos ideas que oscurecen la realidad y las opciones que se pueden seguir. Una es la de un gobierno a  punto de desplomarse. Hay una crisis de representatividad y la confianza en las instituciones está en su punto más bajo. Los antagonismos no sólo se dan entre la calle y el Estado, sino en los corredores mismos del poder. La confluencia de modernizaciones económicas y políticas fallidas encuentra su punto de fusión cuando el eje central del Pacto por México hace agua. Limitar y regular a los poderes fácticos fue el leif motiv del Pacto. La limitada capacidad para hacerlo una vez cerrado el círculo legislativo de las reformas estructurales, debilita al poder del estado.
Movilizaciones. Otra idea que habría que desechar es que las movilizaciones ahora alrededor del horrendo episodio que involucra a los normalistas de Ayotzinapa y los municipios de Iguala y Cocula van a simplemente desinflarse en el intervalo navideño. Hay que entender el ciclo de movilizaciones que se han generado en México desde 2011. Aunque han tenido demandas específicas distintas y formas de lucha diferentes, entre el Movimiento por la Justicia y la Paz con Dignidad, el #Yosoy132, el movimiento politécnico, las múltiples movimientos regionales por rescatar tierras y recursos naturales frente a megaproyectos y empresas mineras; hay un hilo conductor: el abuso de autoridad y las construcciones ciudadanas para enfrentar esos abusos.
Encontrar un camino en común en un espacio marcado por conflictos entre las elites, movilizaciones sincopadas, deterioro económico y social, solo será posible si desde el gobierno se ve a esta sociedad desarticulada pero vigorosa, con ojos nuevos. No es la sociedad de las corporaciones, no es el ciudadano sumiso que intercambia progreso económico por retroceso político, ya no es el presidencialismo todopoderoso que articula a los poderes fácticos y a los grupos organizados de la sociedad. Avanzamos por un lento y largo proceso de reconstrucción institucional que requerirá actos fuertemente simbólicos y diseños institucionales construidos a partir de una penosamente lenta pero vital conversación pública. Las minorías intensas –conservadoras o revolucionarias- en sus excesos y esquematismos son muy malas consejeras en este período crítico.
La necesidad de reconstruir las instituciones pasa sobre todo por recuperar para el Estado, para el gobierno y la sociedad civil, los territorios.
Pero no se puede eludir la obligación política y moral por encontrar el paradero de los 42 normalistas y avanzar en el castigo a los culpables y responsables.


sábado, diciembre 06, 2014

43: ¿HAY DESPUÉS?

La tensión central. El momento actual expresa a una sociedad agraviada. Por un lado, desde hace varios años las movilizaciones, las protestas y los análisis de expertos subrayan una falencia central en la convivencia nacional: los abusos de la autoridad contra la ciudadanía bajo diversas formas que llegan incluso a asesinatos de inocentes y desapariciones forzosas.  Gabriel Zaid  resumió esto con una frase luminosa: “la razón como arbitrariedad que no escucha razones”. Por otro lado, en muchas mantas en las manifestaciones, en exigencias sociales de grupos organizados o gremiales, en peticiones de comunidades y en solicitudes de agrupamientos ciudadanos se expresa otra reclamo central: el abandono del estado de sus funciones en materia de seguridad humana, es decir seguridad pública y protección social.

El Estado de la sociedad. Desde un perspectiva democrática, ambas demandas convergen en la necesidad de una reconstrucción del Estado y más específicamente, de un Estado que esté imbricado en la sociedad, es decir donde ésta asume la autoridad y legitimidad del Estado porque está construyéndolo, supervisándolo, vigilándolo y con capacidad de exigir rectificaciones que son indispensables en toda empresa humana.

No cantar victorias anticipadas. No hay nada peor que juzgar una estrategia que requiere actos repetitivos como un triunfo irreversible cuando se tienen  éxitos tempranos. Ya pasó antes y ahora vuelve a ocurrir. No hay nada irreversible cuando se promulgan transformaciones que afectan intereses. Las reformas no son actos fundadores sino procesos de deliberación y acuerdos. Por ello se necesitan desagregar para establecer con nitidez los propósitos y construir coaliciones en cada etapa .

Una transición post-autoritaria y pre-democrática. Este régimen tiene formas democráticas mezcladas con tics autoritarios. Pregona pluralismo poco antes de intentar un descontón. Profundiza las prácticas patrimonialistas, se injerta en un Estado desarticulado y una sociedad segmentada y pulverizada. Ese régimen tampoco sabe tratar con movimientos de protesta: o reacciona como gallina sin cabeza aleteando por todo lados, o se expresa en clave histérica.

Recuperar el territorio. Para el momento actual dos caminos se requieren recorrer a partir de acuerdos y una consigna central. Es necesario cambiar lo que se hace –lo que hacen el Estado, el gobierno, los grupos de interés, los ciudadanos-, mas que cambiar lo que se dice –el proceso de las reformas legislativas. Un camino afirma la importancia estratégica de la institución municipal porque entiende que el Estado ha perdido en primer lugar en el ámbito territorial. Recuperar el territorio requiere un esfuerzo en tres dimensiones: fortalecimiento de las atribuciones municipales, cobertura nacional en materia de protección social y política de seguridad pública con la sociedad en el centro y no con la sociedad como enemigo.

El segundo camino es recuperar la confianza. No ha sido ciertamente un evento súbito sino un largo proceso de desgaste en donde la ciudadanía pasa alternativamente de la decepción, al importamadrismo a la rabia. En las elites se experimentan estados de ánimo que van del cinismo, al derrotismo a la arrogancia de la impunidad. Este ambiente de administración de la decadencia sólo puede romperse mediante una iniciativa a la vez heroica y audaz. Partir de una comisión nacional y comisiones en todos los estados del país con un propósito central: recuperar a las víctimas de la guerra contra el crimen organizado. Recuperar en sentido profundo reconociendo el tamaño de las tragedias concretas. Su tarea inicial tendría que estar orientada a encontrar a los 43 normalistas desaparecidos y a la recuperación moral y física de sus familias y de  las comunidades más directamente afectadas en el estado de Guerrero.

Sin esto, dígase lo que se diga, difícilmente habrá después.

sábado, noviembre 22, 2014

EL DERECHO A UN FUTURO NO PRONOSTICADO: MOVILIZACIONES E INSTITUCIONES

ESTE ARTÍCULO FUE PUBLICADO EN LA JORNADA EL 22 DE NOVIEMBRE DE 2014

El derecho a la indignación pacífica se expresó el jueves nuevamente, a pesar de un pequeño grupo de provocadores. No veo que la movilización social decrezca en el horizonte más inmediato y más bien los próximos diez días serán cruciales. Para avanzar en un solución que articule justicia y paz, movilización como medio de producción de instituciones; es indispensable desagregar la complejidad de los problemas involucrados.

Como se ha insistido es imposible avanzar en otros ámbitos sin una convincente y comprobada narrativa sobre los 43 normalistas desaparecidos. Junto a lo cual el castigo penal y político a todos involucrados en los diversos crímenes, requiere ser expedito e irrefutable.

Para resolver el centro visible de esta profunda crisis es necesario recorrer el itinerario que desemboca en el momento actual.

Las reformas estructurales de los noventas  necesitaban de dictaduras militares o de gobiernos autoritarios para llevarse a cabo. 20 años después en regímenes democráticos, la construcción de consensos exige un enorme esfuerzo de negociación política y  una profunda y deliberada reconstrucción institucional.

Las reformas estructurales de 2013 se impulsaron en el ámbito de una democracia caracterizada por su debilidad institucional. Otras prácticas operativas no formalizadas pero  con fuerte incidencia –especialmente el clientelismo, patrimonialismo y en efecto, la corrupción- llenan los vacíos no ocupados por las instituciones formales, junto a diversos patrones altamente desagregados de acceso directo al diseño de políticas públicas. La democracia delegativa (O’Donnell) supone una ciudadanía relativamente pasiva cuyo mayor acto político es concurrir regularmente a las urnas.

Pero en la sociedad mexicana proliferan junto a manchas de intolerancia y delincuencia, nodos de activismo cívico. Faltan espacios vinculantes más permanentes, pero ahí está la energía. En esos ámbitos se libra la reconstrucción de un estado democrático de la sociedad. Se trata de una forma de activismo ciudadano que combina movilizaciones, expresiones urbanas de protesta, negociaciones y propuestas programáticas. Sus narrativas están insertas de manera notable en el amplio espectro de los derechos humanos perfilando así una democracia liberal que intenta responder a cómo gobernar el pluralismo.

Me parece que la disputa política hoy se define entre quienes asumen la democracia como un compromiso con el pluralismo sustentado en el respeto y la ampliación de los derechos fundamentales, y quienes con argumentos relacionados con la gobernabilidad buscan reducir la democracia a su ámbito procedimental.

El economista heterodoxo, Albert Hirschman utilizando en un ensayo la figura del “posibilista” convocaba a la experimentación, y a confrontar la realidad contra las panaceas, que siempre erijen barreras para entender bien y para actuar mejor.

Jeremy Adelman autor de una gran biografía intelectual de Hirschman (2013) dice que la “brújula ética del posibilista era un concepto de libertad definida por Hirschman como “el derecho a un futuro no pronosticado”. El derecho a un futuro no pronosticado es en realidad un ejercicio de reformismo adaptativo.

En esta perspectiva, creo yo, el Instituto de Estudios para la Transición Democrática (IETD) elaboró un documento que suscribimos muchos colegas  intitulado Las ruinas del futuro (http://www.ietd.org.mx/mexico-las-ruinas-del-futuro/) cuya lectura sugiero. Entre otras reflexiones se propone siete temas para el acuerdo político y social, entre los cuales la prioridad a los derechos humanos, la reforma de las instituciones de justicia y la reconstrucción del ámbito municipal, el tema de la pobreza y la desigualdad y el rescate e impulso de las normales y las normales rurales; el combate a la corrupción y la discusión sobre cómo enfrentar la evidente crisis de representatividad.






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Acerca de mí

Mi foto
He sido dirigente del movimiento estudiantil de 1968, dirigente en el PMT, miembro fundador del Movimiento de Acción Política y del PSUM en los setentas. Miembro Fundador de la UNORCA. De abril a julio de 2006 fui el coordinador general de la campaña presidencial de Patricia Mercado. Como funcionario público he sido Subsecretario en la Secretaría de Agricultura, y Subsecretario en la Secretaría de la Reforma Agraria en México entre 1988 a 1994. En 1995 me desempeñé como Director de Desarrollo Rural de la FAO en Roma y desde 1997 hasta 2005 fungí como Representante Regional de la FAO para América Latina y el Caribe. Como escritor soy miembro Fundador de La Jornada y colaborador de la Revista Nexos. De 2006 a 2009 fui profesor visitante en el Taller de Teoria Política de la Universidad de Indiana en Bloomington, dirigido por los profesores Vincent y Elinor Ostrom. He concluido dos libros listos para buscar un editor sobre la transición política en México. También acabo de concluir hace unas semanas una novela intitulada "esa pasión devoradora".